
¿Porque YHWH?
CAPÍTULO 1
Antes de intentar responder quién es Dios y cuál es su verdadera naturaleza, considero necesario explicar por qué llegué a reconocer a YHWH como el Dios verdadero por encima de todas las demás divinidades veneradas por la humanidad.
Mi convicción no nació simplemente de haber heredado una religión ni de aceptar sin cuestionamientos aquello que otros me enseñaron. De hecho, aunque nací adoctrinado en una religión a los 11 años de edad mientras escuchaba una disertación publica sobre Dios su propósito, su divinidad, sus cualidades como el amor, sabiduría, poder y valentía. Quede muy sorprendido y ese día me hice una promesa a mí mismo: Dije "Dios si de verdad existes y eres así como están mencionando que eres te buscare, te conoceré y realmente te serviré para siempre". Esa promesa me hice a mí mismo y a Dios.
Así que comencé el viaje o a recorrer el camino aprendiendo de distintas religiones cristianas, primeramente, los fundamentos de su fe las razones por las cuales creen lo que creen a algunas les encontraba sentido o por lo menos relación con el tema a otras no, de hecho, noté que todas las religiones adoptaban dogmas es decir interpretaciones personales de los textos bíblicos y si todo esto desde lo 11 años de edad, conforme fui creciendo comencé a notar claras discrepancias entre lo que leía y lo que se creía comúnmente. El mundo religioso cristiano había cometido el mismo error que los antiguos Israelitas.
Malaquias el ultimo profeta, el que finalizo con la promesa de que llegaría un mesías para el beneficio de todos, pasaron 400 años de silencio hasta que Juan el bautista apareció para abrirle camino al verbo, luz del mundo, el Cristo y durante esos 400 años los Judíos mal interpretaron la palabra, la convirtieron en tradiciones propias, tradiciones creadas por sus lideres aprovechándose vulgarmente de la escritura para justificar y darles divinidad a sus propias palabras a sus normas e interpretaciones de hombres.
Hoy el cristianismo hizo lo mismo su fundamento son sus dogmas, sus tradiciones y ya no buscan la verdad de forma sincera, ya no son moldeados por Dios, ya no escuchan la voz de su pastor, Cristo. Escuchan sus propias voces, sus tradiciones, sus dogmas, sus interpretaciones. Y así como los judíos rechazaron al mesías así hoy el cristianismo moderno rechaza la enseñanza celestial. Así que yo los rechace a todos ellos.
Todo surgió después de examinar las distintas ideas que los seres humanos han desarrollado acerca de Dios y de preguntarme si, entre tantos nombres, imágenes y tradiciones religiosas, era posible encontrar una identidad divina que pudiera distinguirse de todas las demás.
La historia de la humanidad está llena de dioses. Los pueblos antiguos adoraron al sol, la luna, el mar, la fertilidad, la guerra y diferentes fuerzas de la naturaleza. Muchas de esas divinidades fueron enormemente importantes para las civilizaciones que las veneraron, pero sus cultos desaparecieron junto con los imperios, ciudades y culturas de las que formaban parte.
YHWH representa un caso diferente.
No puedo afirmar responsablemente que sea el nombre divino más antiguo registrado por la arqueología, porque existen testimonios escritos de divinidades mesopotámicas anteriores. No obstante, YHWH pertenece a una de las tradiciones de adoración más antiguas que han permanecido vivas hasta nuestros días. Su nombre ya aparece posiblemente relacionado con determinados pueblos nómadas en inscripciones egipcias de los siglos XIV y XIII antes de nuestra era, y continúa siendo reconocido y venerado más de tres mil años después.
Esta permanencia histórica despertó inicialmente mi interés. Imperios enteros desaparecieron, numerosos templos fueron reducidos a ruinas y los nombres de incontables dioses quedaron convertidos en objetos de estudio. Sin embargo, el nombre de YHWH atravesó generaciones, persecuciones, exilios, conquistas y transformaciones culturales sin desaparecer de la conciencia humana.
Pero su antigüedad no fue la razón definitiva de mi fe.
Que una creencia sea antigua no significa necesariamente que sea verdadera. Lo que produjo en mí una confianza mucho más profunda fue la manera en que este Dios decidió presentarse.
El Dios que dijo: “Yo soy”
Cuando Moisés preguntó cuál era el nombre del Dios que lo estaba enviando, recibió una respuesta extraordinaria:
“YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros” (Éxodo 3:14).
La expresión hebrea utilizada es Ehyeh Asher Ehyeh. Puede traducirse como “Yo soy el que soy”, aunque también admite el sentido de “Yo seré el que seré”. Inmediatamente después, Dios identifica su nombre permanente como YHWH, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Éxodo 3:12-15.
Ninguna imagen fabricada por el hombre aparece para definirlo. No se presenta como una extensión de una fuerza natural ni necesita narrar el origen de su propia existencia. Tampoco deriva su autoridad de una ciudad, un templo, un astro o un imperio. Sencillamente declara: “Yo soy”.
Estas palabras produjeron en mí una enorme confianza. YHWH no se presenta como alguien cuya existencia depende de otra realidad anterior. Él es porque es. Su identidad no le fue otorgada, su autoridad no le fue concedida y su existencia no necesita ser sostenida por nadie.
Sin embargo, su declaración no debe entenderse únicamente como una afirmación filosófica acerca de su existencia. Poco antes, cuando Moisés expresó temor ante la misión que había recibido, Dios le aseguró: “Yo estaré contigo”. En hebreo aparece nuevamente el verbo ehyeh. Por eso, la expresión también comunica presencia, fidelidad y cumplimiento: “Yo seré contigo lo que he prometido ser”.
YHWH no solamente afirma que existe. Se presenta como el Dios que está presente, que actúa, que recuerda sus promesas y que demuestra mediante sus obras quién es. Recordemos que él es amor y el amor nunca falla. Papa nunca nos fallara.
Esta fue una de las primeras razones por las que comencé a reconocerlo como el Dios verdadero. Entre innumerables divinidades definidas por imágenes, genealogías, territorios y fuerzas naturales, encontré a un Dios que se presentó como el fundamento de su propia identidad: el que es, el que será y el que permanece.
La arqueología puede demostrar la antigüedad de su nombre, pero no puede demostrar por sí sola su divinidad. La antigüedad despertó mi interés; su revelación despertó mi confianza. A partir de ese momento comprendí que la pregunta más importante ya no era solamente si Dios existe, sino quién es verdaderamente ese Dios que se dio a conocer como YHWH.
Y esta pregunta nos conduce inevitablemente hacia el misterio central que examinaremos en esta obra: la naturaleza divina y la relación existente entre el Padre, el Hijo y el espíritu santo.
Comentario personal
Al final, mi certeza acerca de YHWH no descansa únicamente en la antigüedad de su nombre, en los descubrimientos de la historia ni en los argumentos que pude encontrar en las Escrituras. Existe una razón mucho más profunda, íntima e imposible de separar de mi propia vida: fue Él quien, mediante su espíritu, hizo evidente su existencia para conmigo.
No solamente escuché hablar de Él ni llegué a conocerlo como una figura distante escondida entre las páginas de un libro antiguo. De una manera personal, YHWH permitió que mi corazón reconociera su presencia. Fue Él quien se acercó a mí, quien me recibió y quien me acogió cuando comprendí que necesitaba un Padre.
Yo lo buscaba entre palabras, doctrinas e interpretaciones, pero mientras intentaba encontrarlo, descubrí que Él ya me había encontrado a mí. Su espíritu convirtió lo que comenzó como una investigación en una certeza viva; hizo que su existencia dejara de ser solamente una conclusión de mi mente para convertirse en una verdad arraigada en lo más profundo de mi ser.
Por eso puedo decir que no solamente creo que YHWH existe: tengo la certeza de que Él es. Es el Dios que se dio a conocer como “Yo Soy”, pero también es quien me permitió sentir que yo podía pertenecerle. No lo reconozco únicamente como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, sino también como mi Dios, mi refugio y mi Padre.
Fue Él quien me llamó, quien me recibió y quien, por medio de su espíritu, estableció esta verdad dentro de mí. Por eso sé que es Él y nadie más: YHWH, el Padre de todos, el origen de la vida y aquel en cuyos brazos finalmente encontré mi hogar.
